Mirrey, mirreyna

(en plural: mirreyes)

También llamados Juniors, Fresas o Hijos de Papi, el término Mirrey comenzó a utilizarse entre la población más joven de la élite mexicana hacia principios de la década pasada; así solían llamarse unos a otros los descendientes de la migración libanesa, pero con el tiempo el vocablo ganó residencia en circuitos más grandes, siempre dentro de las altas esferas sociales.

El mirrey se asume como un ser humano muy aparte del resto de los mortales. Se valoran a sí mismos como una especie humana distinta a los demás. No deben ser confundidos, no deben estar al lado de quienes "no son gente" como ellos; son el resultado de un privilegio que los trasciende y este no debe ser cuestionado. Nacieron con capacidad innata para estar en la cúspide de la sociedad, para dirigirla y modelarla a partir de su visión del mundo. Su lógica es de clase superior y por tanto se conciben como un estamento que debe permanecer blindado.

Entre ellos son amigos «de toda la vida», se casan con «gente bien», «gente como uno», «de toda la confianza», viven en una colonia «decente», van a escuelas donde acuden personas «bien nacidas», viajan a lugares «civilizados», no comparten amistad en Facebook «con cualquiera». Tienen en común una identidad sicológica muy consciente sobre lo que los distancia del resto. Basta recorrer las revistas y los suplementos de sociales para constatar los rasgos, sobre todo físicos, que confirman su pertenencia a un núcleo social y que además se encargan de excluir a los agentes extraños.

Los mirreyes utilizan la riqueza económica como el principal marcador de clase. No importa de dónde venga el dinero —trabajo, herencia, hurto, corrupción o lotería—, la clave está en el poder de compra del que se ufana el mirrey. De ahí que exista una gama amplia de mirreyes: nuevo rico, rico venido a menos, de dinero viejo, hijo de político, hijo de empresario, pariente de narco y la lista puede continuar. Salvo muy raras excepciones, la inmensa mayoría obtuvo el pasaporte de ingreso a la élite mexicana por condiciones heredadas.

Los mirreyes no saben pasar desapercibidos: suelen utilizar cualquier objeto a su alcance para ostentar estatus social. Entre esos están las mujeres con quienes prefieren retratarse, las botellas de alcohol caro, los relojes de platino colocados alrededor de la manga del saco, las cuentas de antro con cinco y hasta seis cifras, los tres teléfonos celulares sobre la mesa, los viajes que sólo importan para ser presumidos y el resto de la parafernalia que les permite ser vistos ahí donde vayan, no importa que sea la ciudad de México, Monterrey, Houston, Madrid o Saint-Tropez. Los mirreyes valoran positivamente la arrogancia, consideran esa actitud una respuesta lógica de su superioridad moral. El dinero entrega inmunidad para decir cosas desagradables, para tratar de la peor manera, para abusar del otro, y todo esto sin pagar nunca las consecuencias.

El mirrey más discriminador suele ganarse el respeto de sus acompañantes. La broma hiriente y el comentario ingenioso diseñado para despreciar nutren las horas de ocio y diversión entre estos personajes. Los mirreyes suelen tener un círculo de choferes, guaruras, niñeras y enfermeras que los rodea como alguna vez abrazó el séquito al noble de la Edad Media; a mayor número de integrantes de la corte, mayor arrogancia despliega el mirrey. La inseguridad física que asuela a ciertas regiones de México ha sido el pretexto perfecto para que la comitiva crezca con los guardias armados hasta los dientes (sin permiso de portación) y las camionetas de ocho cilindros (a despecho del calentamiento global).

Otro círculo que suele arropar al mirrey es el de su cortejo de lambiscones, compañeros de juerga a quienes se les paga la cuenta o se les invita a una fiesta faraónica a cambio de celebrar las bromas del personaje o de apartarle un lugar mientras arriba al antro. El mirrey vive convencido de que en esta vida sólo es posible despertar envidia o admiración, y está dispuesto a pagar lo que sea necesario para obtener ambos; de ahí que cualquier crítica a su persona sea descalificada como resentimiento social, y todo halago un acto justificado por su graciosa presencia en este mundo.

El mirrey desprecia la cultura del esfuerzo. Lo único relevante es la fortuna y no importa el método para su obtención; el mérito y el denuedo terminan siendo arrojados por la escalera. Nunca han visitado sus neuronas las razones que legitiman la actual jerarquía social. La inmensa mayoría ya eran ricos al nacer porque alguien distinto a ellos dió el salto necesario; el gran golpe de suerte no fue suyo y sin embargo lo reivindican como propio. Los mirreyes no acuden a la escuela para adquirir conocimientos sino conocidos. Si la cultura del esfuerzo no es relevante, lo único valioso dentro del salón de clases es la posibilidad de fortalecer los lazos con los compañeros de estamento social y con uno que otro individuo eventualmente reclutable para el propio séquito. A diferencia de otras épocas en que el conocimiento de las ciencias o las artes era requisito para pertenecer a la burguesía, hoy para el mirrey es tiempo perdido invertirlo en cualquier otra expresión de la cultura que no sea la moda o el cine popular estadounidense.

Al mirrey le provoca sensación contradictoria el hecho de haber nacido en México. De un lado no duda en pintarse la cara con ungüento tricolor y colocarse sobre la cabeza un sombrero de charro si la Selección Mexicana juega un partido de soccer organizado por la FIFA; al mismo tiempo, por lo bajo rebaten la mala fortuna de pertenecer a un país al que en más de un sentido desprecian por la mayoría de la gente que lo habita.

Los mirreyes prefieren lo europeo, la piel blanca, la civilización en inglés; hacen sus compras en Miami, en Nueva York, en Houston y en Madrid. Les gusta viajar porque con ello obtienen un espacio de socialización exclusivo para mirreyes: cada partida es una forma de encerrarse entre personas que ya se conocen. Salir de México, por otra parte, permite refrendar la distancia sideral que existe con los mexicanos que no pueden hacerlo de manera legal.